"Después de tantas noches,
de amargos sufrimientos,
por no saber de ti.
Ya ves. No te he olvidado;
tampoco traicionado:
te sigo siendo fiel."
"Mil Noches".
Los Cometas.
Cuando el más pequeño de mis hijos, asistió por primera vez a la escuela primaria "Josefa Ortiz de Domínguez", no soportó el encierro en las aulas. Nunca supe bien a bien porqué se negaba a asistir al día siguiente que Tere lo obligó a entrar a clases. Llorando ingresó al interior de la mítica escuela de nuestro pueblo.
Al regresar a casa después de otro tormentoso día de clases, el pequeño hizo desesperar a su madre al negar una y otra vez querer asistir al día siguiente. Su negativa casi obligaba a su mamá a amenazarlo con llevarlo a fuerzas si era preciso.
Cuando encontré a Tere justo en el momento que reprendía su actitud, me enteré del asunto y abrazándolo le pregunté:
¿Hijo, en verdad, no quieres ir a la escuela?
Moviendo la cabeza tristemente me dijo que no.
Pues no vayas. Quédate en la casa, no quiero que llores más.
Tere protestó pero le dije: ¡Si el niño no quiere asistir a clases no lo obligues, no va a ir!
Tomé una decisión acertada que parecía incongruente. El niño no fue más a la escuela y perdió todo ese año escolar, al siguiente; sin que nadie se lo exigiera ni lo presionara, pidió a su mamá lo inscribiera en la escuela pero no en la "Josefa Ortiz de Domínguez", sino en la "Vicente Guerrero" donde los niños en el recreo retozaban libremente por el amplio patio de la escuela. Llegó a ser el mejor de todos sus compañeros. Su viveza y agilidad mental le hacían aparecer habitualmente en el primerísimo lugar del cuadro de honor; siendo él, quien representaba a su escuela en los concursos de zona, imitando el desempeño de sus hermanos mayores que también destacaban académicamente. Una de las anécdotas que todavía celebran sus ex maestros es aquella que en un concurso de zona, en la aplicación del examen al mismo tiempo, se desarrollaba un partido importante del mundial de futbol en USA,
"El pollito" ( así le decía a mi niño), contestaba una a una las preguntas de aquella prueba sin dejar de seguir la narración del "Perro" Bermúdez, que aunque relativamente lejana se escuchaba claramente proveniente de las casa vecinas a la escuela donde se desarrollaba el evento. El grito estentóreo de ¡gooooooool....! del narrador hizo que mi amado niño saliera corriendo, agitando las manos, olvidando que se encontraba en un examen de concurso; gritando el tanto de la selección mexicana, anotado por Marcelino Bernal a la poderosa escuadra italiana.
Los maestros sinodales, (un tanto contagiados del fervor patrio y futbolero) no lo reprendieron, entre sorprendidos y divertidos, lo invitaron a tomar su lugar y a seguir contestando el examen.
Al término de aquella aplicación se llevó el primer lugar de la zona pese a que todo el tiempo estuvo al pendiente del partido de Futbol. El más pequeño de mis hijos sigue siendo así, inteligente, reservado y, (loco por el América) como su papá.
Chapulín de las primarias...
Recordé aquel instante (cuando apoyé a mi pequeño hijo), los tristes momentos que pasé en la misma primaria. Mi madre, aún con sus pobreza en aquellos años, se las ingeniaba para motivarme a asistir a clases, sin embargo todo mundo le daba referencia que "pajarito" (así me llamaban), se la pasaba de salón en salón con su mochila en la mano, viendo tomar clases a los otros grupos.
Mi negativa a entrar a mi salón no se debía a que no me gustaran las clases, dentro de mi grupo había dos o tres niños que me molestaban y a la hora del recreo hasta amenazaban con pegarme.
Mi madre era joven y su fracaso matrimonial con mi padre la obligó a desempeñar el doble papel de la patria potestad. Era lógico que ella a sus años como cualquier ser humano quisiera vivir. Esbelta y de hermoso cuerpo mi madre atraía. No le faltaban pretendientes. Toda esa circunstancia era utilizada por aquellos niños mayores que yo, para hostigarme todos los días, haciendo de mi escuela un centro de tormento en que las horas de la mañana parecían eternas.
Generalmente en los inicios de los cursos, emprendía las primeras clases con renovados bríos. Me destacaba a "las primeras lecciones" (como decía José Alfredo). Mi facilidad para leer era infinitamente superior a la de cualquiera de mis compañeros. Ya en segundo año, de la mano de Doña Marciana Ramírez, era un lector consumado de poesías y textos de aquellos hermosos libros que en la portada presentaban a una bella mujer representando a la patria. Era y (sigue siendo el español), mi platillo favorito. Puntos, comas, acentos...siempre respetados desde que los conocí.
-¿Porqué no quieres ir a la escuela?
Esa fue la pregunta que me hizo doña Ruffus con un cable de henequén en las manos. Ese es el recuerdo más triste de mi relación con quién me dio la vida. Me llevó casi arrastrando, y a punta de azotes hasta dejarme llorando y golpeado frente a maestros y alumnos de la escuela. Admiro tanto a mi madre y me siento tan agradecido y orgulloso de ella, que tengo su influencia en gestos y modos, pero con todo y eso, en aquella o ocasión ni con los azotes me hizo cambiar de actitud; seguía renuente a asistir a clases.
Un día le prometí a doña Ruffus ir con gusto si me cambiaba a la nueva escuela primaria de Playa Larga, el resultado fue peor: ahí me encontré a otros niños que, molestos por situaciones ajenas a mi, me hicieron la vida imposible.
Todos los días salía puntualmente de mi casa con dirección a Playa Larga, fingiendo ir a clases, para quedarme escondido en la maleza de las faldas del cerrito de la Fátima.
Agazapado me sorprendió don Eulalio Gallardo, viendo hacia la escuela.
-¿Qué pasó Tito?
-No le vayas a decir a mi mamá que no entré a clases por favor...- le rogué-.
Doña Ruffos buscaba la solución a mi conducta y creyó encontrarla cuando decidió mandarme a un internado en Chilapa, Guerrero.
Yo nunca fui capaz de decirle las razones...