"Aquel Cruz Grande" (D.R.) 2015.

IDEA,DISEÑO,IMÁGENES, TEXTOS Y REALIZACIÓN:
ELISEO JUÁREZ RODRÍGUEZ.
*Queda prohibida cualquier reproducción total o parcial, del material escrito o gráfico, sin el consentimiento de su editor.
*Derechos Registrados (2015). protegidos a favor del autor.

domingo, 30 de enero de 2022

Canciones de Aquel Cruz Grande...

"Estoy en el puente de mi carabela
y llevo mi alma, prendida al timón. 
Un soplo de amores, empuja mi vela. 
Y zarpo cantando, y zarpo cantando,  divina canción..."

(Graciela Olmos "La Bandida").


A mis ocho años, disfrutaba escuchar la música. Siempre me gustó poner atención al mensaje y contenido de las canciones y sus letras e invariablemente, leer el nombre de quién era el compositor. 

Al caminar por la calle Cuauhtémoc para ir a visitar a mi mamá grande o llevar algún encargo, siempre me detenía frente al "Salón Orizaba" de don Héctor Molina. 

La música de la sinfonola y las mujeres "malas" -que a mi no me parecían tanto-, me atraían y me llamaban al pasar. Si bien no ingresaba al interior -por mi edad-, me colocaba discretamente atrás de una barrera de fajillas de madera que tenía aquella inolvidable y mítica cantina; desde donde se emitían las complacencias mañaneras a los que festejaban su onomástico y los promocionales de las funciones de cine.

Curioso, observaba el interior del pequeño salón en cuyo piso estaba esparcida la "viruta" -seguramente para facilitar el aseo-. Al fondo de aquel antro, una hermosa sinfonola Wurlitzer. 

 


La inolvidable voz de Javier Solís me cantaba -entre muchas canciones más-, "Carabela". Aún a esa tierna edad me subyugaba la melodía y su poético verso: "Que marque mi ruta el ave que vuela/la estrella errante/ o el raudo ciclón. Yo quiero ver limpia mi fúlgida estrella/ Y será un día mi nave/será un día mi nave: la reina del mar". Cuando tuve en mis manos el disco averigüé que  la autora era Graciela Olmos "La Bandida". Muchos años después, me enteré quien era esta enigmática mujer cuya vida, resulta ser una vorágine de pasiones y aventuras inimaginables -incluso para las mismas mujeres que hoy reclaman igualdad de géneros-. 

Es por demás curioso -además de admirable por lo contrastante-, que una mujer como ella, fuera lo mismo capaz de hacer versos poéticos en sus melodías como "La enramada", corridos célebres como "Siete leguas" o pinturas musicales como "Carabela" y al mismo tiempo ser proxeneta y contrabandista. La Bandida se relacionó lo mismo con el bajo mundo de las drogas y las altas esferas políticas; que con intelectuales y poetas como Pablo Neruda entre muchos famosos artistas y compositores como Agustín Lara.


viernes, 21 de enero de 2022

Aquella música…

Musicalizaban todo el ambiente de Aquel Cruz Grande. Escuchando aquellas melodías, prácticamente se podía saber el estado de ánimo de quién estaba festejando o ahogando sus penas en alguna de las cantinas del pueblo. La primera sinfonola que vi, era una “Wurlitser” y estaba en aquella casa de fresco y amplio corredor,   que curiosamente se llamaba “La ciudad de Oviedo” . Esta casa, propiedad de la familia Martinez Molina, estaba al frente de la calle. Era una cantina con mujeres y cantinero para brindar servicio a los parroquianos; también funcionaba como salón de fiestas en las clausuras de fin de cursos de la mítica escuela primaria “Florencio Villarreal”. Atrás  de esa casa, un alto y enorme techado de lámina negra de cartón podía mitigar los fuertes rayos del sol. Ese billar- cantina se encontraba en lo que después fue el famoso “salón modelo”, que ubicado en la calle Cuauhtémoc casi esquina con Álvaro Obregón, atendió algunos años nuestra amiga Lupita Rafaela. Capitaneados por mi primo mayor David Bonilla Rodríguez, fuimos a medio día (con la protección de algún adulto mayor) en parvada,  a conocer aquel fantástico aparato de sonido que de lejos habíamos visto y que podíamos escuchar a todas horas en donde nos encontráramos. A través del cristal de aquel aparato voluminoso, atisbábamos asombrados, como el brazo mecánico seleccionaba el disco después de haber depositado una gran moneda de plata (con valor de un peso), de aquella década sesentera. Recuerdo que observamos atentamente,  cómo un pequeño disco negro de 45 revoluciones por minuto (que tenía la imagen de un perro al pie de un megáfono), fue colocado en su tornamesa para que otro brazo mecánico con aguja magnetofónica se posará sobre él arrancándole sonidos y notas musicales. En aquel disco (aún girando) se podía leer: “El Charro Avitia”. “El perro Negro”. (José Alfredo Jiménez). 

En aquellos años había ya muchas sinfonolas. En la calle cinco de febrero se encontraban cuatro o cinco cantinas a las cuales  los menores de edad no teníamos acceso. Esos lugares prohibidos para los menores eran verdaderos oasis de placer para los mayores de edad y para aquellos que ya portaban consigo la famosa cartilla del servicio militar (liberada), es decir que acreditaba que el que la presentaba era mayor de edad y había cumplido con el adiestramiento militar. Quien osará visitar esos lugares y era sorprendido por la policía municipal o peor aún, por el rondín militar seguramente la pasaría detenido en la barandilla del ayuntamiento no sin antes ser pateado y golpeado en salva sea la parte por la culata de un mosquetón de los guachos.

En aquella calle barrancosa las jóvenes, (algunas no tanto),  se les veía en las puertas de esos antros; con labios pintados, perfumes baratos, faldas cortas y cigarro en la boca. Sugerentes, invitaban a los transeúntes a pasar a interior de sus locales. Las melodías de esas cantinas, tan cerca una de la otra se confundían dado que el volumen de cada sinfonola era a toda su capacidad. En una se escuchaba “amor de la calle” con Chelo Silva; mientras en la otra sonaba con igual fuerza “Sombra Negra” con Aníbal Velázquez. Más al fondo de la misma calle se escuchaban otras sinfonolas, que hacían cantar a Javier Solís con “Las rejas no matan” y a “Los Alegres de Terán” con “Los pilares de la cárcel”.  

Así eran las noches de Aquel  Cruz Grande, en nuestra casa ya dispuestos a dormir, escuchábamos a lo lejos las desgarradoras canciones de las sinfonolas, imaginando el ambiente de tabaco y cerveza. 

Al paso de los años ya en la década de los 70, el restaurante “Katy”, propiedad de la familia Rafaela Delgado, tenía su propia sinfonola : una “Rowe Ami” que a diferencia de las Wurlitzer y Rockola manejaba la fabulosa cantidad de 100 discos a diferencia de las primeras con capacidad sólo para 50 acetatos. Está sinfonola rivalizaba musicalmente con la que manejaba en


nuestro local visitado lo mismo por estudiantes y parroquianos; una Rocola de 50 acetatos de 45 revoluciones por minuto. Mientras que la sinfonola del “Katy” se caracterizaba por tener en su catálogo a Creedence y Beatles; mi sinfonola estaba al día con los éxitos de Los Freddy’s, Solitarios, Terrícolas, etc.

Me encargaba personalmente de programar aquel aparato y en poco tiempo, sin permiso de mi madre, abría y cambiaba a mi criterio los discos que consideraba “a la baja” en popularidad y preferencia de los clientes. Viajaba continuamente al puerto especialmente a comprar las novedades discográficas. Así pues sin proponérmelo me convertí en un disc jockey de mis tiempos y de la juventud de los setenta, ochenta y noventa de Aquel Cruz Grande. (Cheo)

lunes, 26 de abril de 2021

De la Josefa a la Florencio...el famoso bulling.



"Después de tantas noches,
de amargos sufrimientos, 
por no saber de ti. 
Ya ves. No te he olvidado;
tampoco traicionado:
te sigo siendo fiel."

"Mil Noches".
Los Cometas.


Cuando el más pequeño de mis hijos, asistió por primera vez a la escuela primaria "Josefa Ortiz de Domínguez", no soportó el encierro en las aulas. Nunca supe bien a bien porqué se negaba a asistir al día siguiente que Tere lo obligó a entrar a clases. Llorando ingresó al interior de la mítica escuela de nuestro pueblo.
Al regresar a casa después de otro tormentoso día de clases, el pequeño hizo desesperar a su madre al negar una y otra vez querer asistir al día siguiente. Su negativa casi obligaba a su mamá a amenazarlo con llevarlo a fuerzas si era preciso. 
Cuando encontré a Tere justo en el momento que reprendía su actitud, me enteré del asunto y abrazándolo le pregunté:
¿Hijo, en verdad, no quieres ir a la escuela?
Moviendo la cabeza tristemente me dijo que no.
Pues no vayas. Quédate en la casa, no quiero que llores más. 
Tere protestó pero le dije: ¡Si el niño no quiere asistir a clases no lo obligues, no va a ir!
Tomé una decisión acertada que parecía incongruente. El niño no fue más a la escuela y perdió todo ese año escolar, al siguiente; sin que nadie se lo exigiera ni lo presionara, pidió a su mamá lo inscribiera en la escuela pero no en la "Josefa Ortiz de Domínguez", sino en la "Vicente Guerrero" donde los niños en el recreo retozaban libremente por el amplio patio de la escuela. Llegó a ser el mejor de todos sus compañeros. Su viveza y agilidad mental le hacían aparecer habitualmente en el primerísimo lugar del cuadro de honor; siendo él, quien representaba a su escuela en los concursos de zona, imitando el desempeño de sus hermanos mayores que también destacaban académicamente. Una de las anécdotas que todavía celebran sus ex maestros es aquella que en un concurso de zona, en la aplicación del examen al mismo tiempo, se desarrollaba un partido importante del mundial de futbol en USA,
"El pollito" ( así le decía a mi niño), contestaba una a una las preguntas de aquella prueba sin dejar de seguir la narración del "Perro" Bermúdez, que aunque relativamente lejana se escuchaba claramente proveniente de las casa vecinas a la escuela donde se desarrollaba el evento. El grito estentóreo de ¡gooooooool....! del narrador hizo que mi amado niño saliera corriendo, agitando las manos, olvidando que se encontraba en un examen de concurso; gritando el tanto de la selección mexicana, anotado por Marcelino Bernal a la poderosa escuadra italiana. 
Los maestros sinodales, (un tanto contagiados del fervor patrio y futbolero) no lo reprendieron, entre sorprendidos y divertidos, lo invitaron a tomar su lugar y a seguir contestando el examen.
Al término de aquella aplicación se llevó el primer lugar de la zona pese a que todo el tiempo estuvo al pendiente del partido de Futbol. El más pequeño de mis hijos sigue siendo así, inteligente, reservado y, (loco por el América) como su papá. 

Chapulín de las primarias...
Recordé aquel instante (cuando apoyé a mi pequeño hijo), los tristes momentos que pasé en la misma primaria. Mi madre, aún con sus pobreza en aquellos años, se las ingeniaba para motivarme a asistir a clases, sin embargo todo mundo le daba referencia que "pajarito" (así me llamaban), se la pasaba de salón en salón con su mochila en la mano, viendo tomar clases a los otros grupos. 
Mi negativa a entrar a mi salón no se debía a que no me gustaran las clases, dentro de mi grupo había dos o tres niños que me molestaban y a la hora del recreo hasta amenazaban con pegarme. 
Mi madre era joven y su fracaso matrimonial con mi padre la obligó a desempeñar el doble papel de la patria potestad. Era lógico que ella a sus años como cualquier ser humano quisiera vivir. Esbelta y de hermoso cuerpo mi madre atraía. No le faltaban pretendientes. Toda esa circunstancia era utilizada por aquellos niños mayores que yo, para hostigarme todos los días, haciendo de mi escuela un centro de tormento en que las horas de la mañana parecían eternas.
Generalmente en los inicios de los cursos, emprendía las primeras clases con renovados bríos. Me destacaba a "las primeras lecciones" (como decía José Alfredo). Mi facilidad para leer era infinitamente superior a la de cualquiera de mis compañeros. Ya en segundo año, de la mano de Doña Marciana Ramírez, era un lector consumado de poesías y textos de aquellos hermosos libros que en la portada presentaban a una bella mujer representando a la patria.  Era y (sigue siendo el español), mi platillo favorito. Puntos, comas, acentos...siempre respetados desde que los conocí. 
-¿Porqué no quieres ir a la escuela?
Esa fue la pregunta que me hizo doña Ruffus con un cable de henequén en las manos. Ese es el recuerdo más triste de mi relación con quién me dio la vida. Me llevó casi arrastrando, y a punta de azotes hasta dejarme llorando y golpeado frente a maestros y alumnos de la escuela. Admiro tanto a mi madre y me siento tan agradecido y orgulloso de ella, que tengo su influencia en gestos y modos, pero con todo y eso, en aquella o ocasión ni con los azotes me hizo cambiar de actitud; seguía renuente a asistir a clases.
Un día le prometí a doña Ruffus ir con gusto si me cambiaba a la nueva escuela primaria de Playa Larga, el resultado fue peor: ahí me encontré a otros niños que, molestos por situaciones ajenas a mi, me hicieron la vida imposible.
Todos los días salía puntualmente de mi casa con dirección a Playa Larga, fingiendo ir a clases, para quedarme escondido en la maleza de las faldas del cerrito de la Fátima.
Agazapado me sorprendió don Eulalio Gallardo, viendo hacia la escuela. 
-¿Qué pasó Tito?
-No le vayas a decir a mi mamá que no entré a clases por favor...- le rogué-.
Doña Ruffos buscaba la solución a mi conducta y creyó encontrarla cuando decidió mandarme a un internado en Chilapa, Guerrero. 
Yo nunca fui capaz de decirle las razones...

 

domingo, 4 de abril de 2021

Ecos de Aquellos Grandes de Cruz Grande...

Alguna vez escribí algo acerca de él. A la fecha, todavía escucho comentarios llenos de admiración acerca de cómo pudo en su momento mantener relaciones fuera de su matrimonio; sin tener ninguna queja, problema o escándalo por parte de su esposa o alguna de sus parejas. Si agregamos a esto que las tres mujeres lo respetaban; vivían en la misma calle siendo vecinas y hasta se dice, que se llevaban bien al grado de intercambiar la comida del medio día; seguramente más de alguno lo hubiera querido conocer para pedirle la fórmula. "Nunca te pelees con la mujer: déjala que hable y simplemente niega las cosas" -le escuché decir alguna vez que platicaba con sus amigos-. "En realidad ella lo sabe pero jamás le gustaría escuchar (en tu voz) que no le eres fiel"-decia-.

Esta increíble historia no era exclusiva de este cruceño; se repetía constantemente, (no en todas) las casas de ricos y pobres de Aquel Cruz Grande, aunque no fuera exactamente igual. En aquellos años era común que los hombres de aquel tiempo tuvieran relaciones extramaritales. Las casas chicas, segundas, terceras y hasta cuartas familias eran asuntos normales. Vi a señores respetables y familiares directos que salían de viaje o vacaciones con su esposa, dejando a cargo la casa principal a una de las concubinas. La relación entre hermanos y medios hermanos era una práctica bien vista y se les veía convivir y reconocerse de manera normal en la misa de los domingos y fiestas o eventos de cualquier índole. No se cuestionaba al que podía mantener aquellas situaciones que hoy, si bien no se han dejado de hacer; se hacen de manera clandestina. Don Fulano o don zutano eran personas respetadas y honorables ante la mirada de Aquel Cruz Grande.

Los que conocimos de cerca a estas personas legendarias por su ejemplo de trabajo, lamentablemente no imitamos su modelo de superación y esfuerzo, muchos quisimos solamente emular las delicias de las relaciones fuera de matrimonio sin tener la fórmula que ellos conocían. Las consecuencias de querer ser como "los grandes" siem


pre fueron catastróficas. 


sábado, 27 de marzo de 2021

Memorias de un niño...


El primer día de mi vida empezó a las seis de la tarde, a la edad de siete años; un seis de noviembre de 1964. Parado sobre una silla, al rededor de una mesa , me autodedicaba unas palabras de felicitación , frente a la cálida sonrisa de mi madre, el gesto hosco de mi hermano; la curiosidad mi primo David y las arengas para motivarme de mi tío: era mi cumpleaños. 

Extrañamente no recuerdo nada acerca de mis primeros años de existencia y creo que ese"don" de olvidar el sufrimiento y los momentos tristes comenzó precisamente en los albores de mi vida. Sólo vagos recuerdos de accidentes por quemaduras de carbón en los piés y un plato de frijoles hirviendo que me cayó accidentalmente en el abdomen; acuden borrosos a mi memoria. Fuera de eso: nada.

Eran los primeros años de Aquel Cruz Grande de los años sesentas. Ese Cruz Grande cuyo latidos se escuchaban más fuertes en el centro de aquella comunidad de tardes silenciosas que se rompían con algunos gritos de los niños jugando o el pac-pac del balón de basquek bol rebotando en la cancha de tierra frente al Ayuntamiento y la escuela primaria.

La modesta miscelánea de doña Ruffus, estaba "surtida" con los básicos, azúcar, aceite, arróz, harina y galletas “Marias” y “Norteñas”. Aquella tiendita que parecía abastecida, en realidad sólo tenía lo poco que la poca clientela de Aquel Cruz Grande demandaba por las frescas mañanas y las nostálgicas tardes en que el sol se despedía para dormir atrás del cerro de Camacho. 
En esas tardes desde sus casas, llegaban a nuestra tiendita para adquirir veladoras de papel “la gloria”, petróleo y un "manojo" de zacate para sus borricos y caballos. Pronto, un candil alumbraba entre penumbras los rostros conocidos que acudían a comprar antes de acostarse. Antes de las ocho, mi madre cerraba las puertas, mientras las ondas hertzianas nos trasmitían las emociones de Chucho El Roto en la W.
Antes de las nueve, Aquel Cruz Grande dormía quieto. Alguna noche se escuchaba pasar el motor de un camión de carga pesada, sus luces se colaban por entre las tejas de la casa de adobe alejando momentáneamente la penumbra.

Al amanecer mi madre se levantaba para abrir la tiendita. Una mañana al sentirse mal, le pidió a mi hermano Oscar, que atendiera a la clientela. "Ya estás grande y puedes ayudarme. Yo voy a estar al pendiente, por favor, cuida la tienda". 
Mi hermano -con sueño todavía-, fingió obedecer y se colocó detrás del mostrador. Al momento se apareció "Gacha", una señorita de avanzada edad, pidiendo en voz alta que se le atendiera.

-¡Óscara, Óscara! ¡Quiero una tarjetita de café Tineo!
Mi hermano, con más ganas de seguir durmiendo que de vender, le dijo en voz casi imperceptible.
-¡No hay! ¡No hay!
-¡Bueno entonces dame un cuarto de azúcar!
-Tshhhhh! ¡Tampoco hay!
-¿Cómo no va a haber, si de aquí la estoy viendo? ¡Rufi! ¡Óscara no me quier vender!
-Shhhtt... ¡Cállese señora, va a despertar a mi madre que está enferma!

Llegaba el año de 1966, jugando con mis primos frente a la casa, bajo un enorme árbol de acacia que se encontraba a escasos treinta metros de la cancha de Basquek escuche una noticia triste. Un potente receptor de radio de bulbos que se escuchaba claramente hasta fuera de mi casa interrumpió su programación. "Hoy por la mañana falleció el rey del bolero ranchero Javier Solís". Después de dar la funesta nota, se escucharon los primeros acordes de Sombras.

El presidente de Aquel Cruz Grande era el Doctor Humberto Mayo originario de Buenavista, Gro. Él ocupaba la casa de adobe de don Cléofas Pavón que se había ido del pueblo después de los trágicos acontecimientos en que murieron los Mejía. Muy pronto también el médico por razones similares tuvo que dejar Aquel Cruz Grande. Parecía que esa casa sólo estaba esperando a mi familia.

jueves, 25 de marzo de 2021

Memorias de Aquel Cruz Grande.

"Entré a trabajar al curato parroquial a la edad de 15 años. Vi llegar al padre Emilio Vázquez Jimenez, acompañado por su inseparable Eleuteria Genchi a quien el cura llamaba cariñosamente "comachi". 

Don Emilio había sido designado clérigo principal de la parroquia de Cuautepec, pero ahí su estancia fue corta. Sus amorios con "la sanmarqueña" fueron descubiertos en muy poco tiempo por los feligreses cuautepecos que ni tardos, ni perezosos, denunciaron ante el obispado a Vázquez Jiménez, que salió del "cerro del águila" por la puerta de atrás. 

Sin embargo; el obispo respaldó al cura compositor.  Si bien lo habían corrido de Cuautepec, podía tranquilamente dar los servicios religiosos necesarios en otras poblaciones que carecían de un párroco, entre ellas había un lugar sumamente interesante: el naciente Cruz Grande. 

 

Ahí pasé buena parte de mi juventud en los quehaceres del curato, ayudando en la cocina y otras tareas domesticas. Don Emilio Vázquez había sido bien recibido por la incipiente comunidad cruceña. Los feligreses acudían a misa y demás servicios religiosos guardando respeto al sacerdote y también a su vida privada.

Esto permitió a Vázquez Jiménez vivir su romance un poco más libre. Por las tardes en los corredores del curato, la pareja solía caminar y conversar sin ningún inconveniente. 

Así transcurrieron los años y en 1947, Emilio Vázquez Jiménez cumplió con Eleuteria Genchi: terminó de construirle una casa grande y espaciosa que fue derrumbada hace poco, en ella actualmente se encuentra una tienda oxxo. (Aquí hacemos el comentario que efectivamente, uno de los caballetes de aquella casona que en algin momento fue restaurant-bar; muchos parroquianos observamos la leyenda que rezaba con letras rojas: "E.G. 1947" ¿Acaso sería el mismo párroco quien rotuló esas letras? Nuestra entrevistada no lo recuerda). 

Una mañana del primer día de Octubre de 1949, (datos que otras fuentes manejan, aseguran que de 1945), el cura compositor celebraba una  misa para los hermanos Juan y Elena Pérez, era tal el escalofrío y el malestar que sentía desde la tarde-noche del día anterior, que no pudo terminar el sacramento. 

"Mañana, si dios me permite, terminaré esta santa misa...".  Esas fueron sus ultimas palabras ante los feligreses y se retiró a sus aposentos para morir dos horas después. 

Los recuerdos de doña María De Jesús Armenta siguen frescos en su memoria. A sus 95 años es un vestigio viviente de Aquel Cruz Grande, el pueblo católico que atestiguó el romance más sonado de la historia y folclore guerrerense de la costa chica; la historia del cura compositor y  de su musa: Eleuteria Genchi "La Sanmarqueña"

Eliseo Juárez Rodríguez.

viernes, 26 de febrero de 2021

Primeros maestros de la ETA 106, hoy EST13.

De aquella pléyade de nuestros legendarios primeros  maestros en nuestra querida y recordada secundaria, solo dos, no provenían del norte del país. Uno -como sabemos- era el profesor Eligio Tavares originario de la Costa Grande y el otro era un "paisano" de Ayutla. Su nombre: Casimiro Castrejón Romero.

Por medio de Alfonso Portillo quién fue director fundador de la legendaria escuela, íbamos conociendo a cada uno de aquellos jóvenes mentores.  Portillo retrataba con grandilocuencia las cualidades de cada uno de ellos. "Casimiro aparte de ser profesor de ciencias naturales, es un excelente dibujante" dijo en alguna plática informal en la canchita de Basket-bol en el centro de Aquel Cruz Grande.

En efecto, Casimiro era un buen maestro, su talento y personalidad no desmerecieron ni desentonaron con sus compañeros de la plantilla docente. Su 1.80 lo hacía rivalizar en estatura con el hidalguense Conrado Benítez maestro del taller rural.

Sin ser el prototipo del galán de telenovela, cortejó a una de las más hermosas flores de aquella bella etapa de nuestro pueblo.  Diana Carmona Calderón se convirtíria en su esposa en dos años mas. Casimiro indudablemente nació con gran talento y muy buena suerte pues no solo corto la flor mas hermosa sino que en aquella sonada boda, recibió como regalo de bodas un volkswagen sedan muy buen carro para aquella época.


Una vez ya casado Casimiro siguió laborando en la escuela secundaria. Incursionó en la política municipal y aspiró en (algún momento) a la presidencia de la misma sin llegar a ocupar tal cargo.  A finales de los años 80, el profesor Castrejón Romero deja su cargo como director de la técnica 13 (antes ETA 106) para tomar puestos más relevantes dentro del magisterio en la zona. Combinó su labor docente con actividades agropecuarias. Se le veía por las tardes, cruzar el poblado montado en su tractor.

Hace unos años la vida le deparó un trago amargo al perder a su primer hijo varón y Casimiro poco dado a hacer vida social tuvo un motivo más fuerte para seguir en el constante enclaustramiento familiar.

Sin duda la labor que realizó sobretodo como maestro fundador de la legendaria escuela tecnológica agropecuaria, queda grabada con letras indelebles. 

(Eliseo Juárez).